Viviendo la experiencia de mi vida

cicloviaje, Juan por el mundo

El destino es el camino

Juanporelmundo camino de Santiago

Camino Mozárabe a Santiago desde Almería

Aquí me encuentro, en la Plaza de Obradoiro tratando de poner en orden todas las emociones y pensamientos de estos últimos días… Ya os adelanto que no es tarea fácil, pero intentaré hacerlo lo mejor que pueda.

Y empezaré por el final, ese desenlace que, en ocasiones, parece lo único que cuenta. La llegada a Santiago de Compostela, a esta maravillosa plaza, me dejó sin palabras. Para ser sincero, nunca me obsesionó llegar aquí, mi idea siempre ha sido la de disfrutar de mi primer viaje en bicicleta en solitario bajo el lema «el destino es el camino» (o «el camino es el destino», como más os guste) Aún así, mentiría si no admito que, en el último tramo, cada vez me ilusionaba más la idea de llegar aquí. Por ello, tuve muchos sentimientos (encontrados) cuando puse los pies en el centro de la plaza junto a la «concha central», alcé la vista y pude contemplar ante mí la impresionante Catedral de Santiago. Lo había logrado. Otros peregrinos a mi alrededor se abrazaban y se daban la enhorabuena. Yo no tenía a nadie a quien abrazar (excepto a Fuju, mi fiel escudera) pero las llamadas de mis padres y de mi chica consiguieron que no me sintiera solo (a la vez que mis ojos se humedecían un poco) y otros peregrinos que andaban por allí me felicitaban al verme echándome fotos con Fuju, Wall-e y la catedral de fondo…

Lo logramos, Fuju, lo logramos…

Pero… ¿qué fue lo que realmente sentí? Una mezcla de alegría, felicidad, agradecimiento y un poco de… incredulidad «¿Ya está? ¿Esto es todo?»

No. Por supuesto que no. Porque, sin duda, lo más importante ha sido el viaje, la aventura, la inolvidable experiencia que he vivido estos 21 días pedaleando.

Vayamos ahora al comienzo. Si no hubiese conocido al gran Raymon de Otravidaesposible ni hubiese leído su fantástica novela «Llévame de viaje», probablemente nunca se me hubiera ocurrido viajar en bicicleta. Pero la forma tan apasionada que tiene Raymon de transmitir la felicidad y la libertad de ser cicloviajero dejaron una semilla en lo más profundo de mí… Y la llegada del dichoso virus y la necesidad de «reinventarme» para poder seguir descubriendo nuevos lugares (una de mis mayores pasiones) hicieron que esa semilla poco a poco se convirtiera en una idea que cada vez fue cogiendo más y más fuerza… Y el propio Raymon me sugirió: «¿Y porqué no, para tu primer viaje, comienzas con algo sencillo? ¿Conoces el camino Mozárabe?» La verdad es que no, no tenía ni idea de que, desde Almería, salía un camino que llegaba hasta la mismísima Santiago de Compostela, en la otra punta de la península. Así que me puse a investigar y rápidamente supe que eso es lo que me gustaría hacer. Con lo de sencillo, Raymon hacía referencia a que está bastante bien señalizado y a que hay albergues «gratuitos» a lo largo del mismo, pero en este año tan extraño, me tocaría ir con tienda de campaña, ya que casi todos ellos están cerrados.

Primera parte del camino Mozárabe desde Almería hasta Mérida

Tocaba comprarme una bici y leer mucho sobre cicloturismo… Sí, el que escribe estas líneas puede que sea una de las personas que menos sabe de bicis… E incluso menos de alforjas, material necesario para viajar en bicicleta, cámaras, ruedas, frenos y demás. Pero estaba decidido, y casi sin darme cuenta, llegaba el lunes 14 de septiembre, día fijado (por mí) para la salida. La bici no estaba lista y yo todavía menos (con el trabajo no había podido invertir todo el tiempo que me hubiese gustado en la preparación y puesta a punto, tanto físicamente como de la bicicleta) y, además, me faltaba algún que otro material… Pero la ilusión y las ganas de aventura podían más que todo eso. Si escuchas a tu mente y tus miedos, nunca estarás totalmente preparado para dar el primer golpe de pedal. Así que me lancé. Me despedí de mi madre con lágrimas en los ojos (la pobre, que tormento tiene con el hijo aventurero que le ha salido) y mi padre me acompañó hasta la salida, en la Catedral de Almería y pedaleamos juntos los primeros metros del camino. Su despedida fue un: «Buen camino…» seguido de un «¡Qué envidia me das!» (ahora que mi madre no podía oírlo) Antes de dejar Almería, pasé por el cementerio para pedirle a mi abueli que cuidase de mí (como siempre hace) y le prometí que rezaría por ella a mi llegada a Santiago (y lo haría igualmente aunque no llegara…)

Salida desde la Catedral de Almería

No os voy a aburrir con detalles de mis días sobre Fuju (por cierto, el nombre lo elegí en relación al dragón de la felicidad de «La Historia Interminable») pero si me gustaría hablaros de los aprendizajes que el viaje me ha aportado.

Así me sentía cogiendo velocidad cuesta abajo

El primero es que, en muchas ocasiones, los límites están en nuestra mente. El miedo es un enemigo muy poderoso, y después de haber vivido una experiencia traumática hace 3 años cuando un accidente de moto en Vietnam casi me cuesta la pierna izquierda, mi cabeza no paraba de imaginarse las peores situaciones pensando que algo parecido me podría volver a suceder o de decirme que mi pierna «lesionada» me impediría realizar este sueño. Pues he puesto a prueba mi estado físico y mental recorriendo más de 1400 kilómetros y he descubierto que soy más fuerte de lo que creía y que los límites, a veces, son solo excusas para no salir de nuestra zona de confort, en la que nuestro ego se siente tan cómodo. También durmiendo en tienda de campaña, cuando al escuchar un ruido fuera tu cabeza se monta una película de terror, cuando dormir al aire libre o a las afueras (o en un parque) de un pueblo es una experiencia fantástica.

Me considero una persona muy social, así que también tenía algún reparo a la hora de viajar solo. En este viaje he aprendido a valorar la soledad, pasando muchas horas solo conmigo mismo (bueno, y con Fuju) y, pese a lo que se podría pensar, no me he aburrido en absoluto. Al contrario, he trabajado en aprender a «vivir el presente, el ahora», a ser consciente de cada instante, disfrutando hasta esos momentos duros de subidas que nunca terminan o aquellos en los que tocaba «tolerar la presencia necesaria de las… moscas», una auténtica prueba de paciencia en algunos momentos. Mucha gente dice que lo mejor del camino es las personas que conoces en el mismo, pero en mi caso ha sido un camino de autoconocimiento, ya que apenas he conocido peregrinos, pero no me he sentido solo en ningún momento.

Durmiendo a resguardo de Nuestra Señora de los Remedios

He recordado algo que ya aprendí en mi último gran viaje: de las dificultades se aprende. Disponemos de una gran cantidad de recursos (aunque a veces ni lo sabemos) cuando las cosas se tuercen y, al final, el viaje siempre encuentra una solución a nuestros «problemas». Es curioso como somos mucho más resolutivos cuando estamos solos ante las dificultades. Hay que evitar lamentarse, coger aire, tomar decisiones, y gestionar la situación siempre pensando en positivo. Un pinchazo (o tres, como en aquella mañana de lunes) te ocurren porque estás viviendo una gran aventura (no tendrías ese problema tirado en el sofá) y entran dentro de «lo posible». Y que Manolo y Araceli pasarán por aquél camino perdido para ayudarme quizá no fuera suerte, si no el viaje que los puso en mi camino.

Porque este periplo me ha vuelto a demostrar que la gente es buena. Vivimos en un mundo donde la mayoría de las personas te va a ayudar siempre que pueda. La familia de «El Pregonero» de Añora que reparó mi bici de forma altruista; los citados Manolo y Araceli; el carismático Antolín de Puerto de Bejar que además de ayudarme a encontrar un lugar perfecto para dormir, me invitó a desayunar al día siguiente; la entrañable Isabel de Bercianos de Valverde, que me proporcionó una enorme bolsa de comida y me presentó a la buena de Marisa, que se negó en rotundo a que pasara frío durmiendo en la calle y me invitó pasar la noche en el dormitorio de uno de sus hijos, previa ducha con agua bien calentita; aquel señor que me regaló uvas el primer día en un pueblo de Almería o la señora gallega que lo hizo cuando ya me quedaban pocos kilómetros para llegar a la meta… Desconocidos que no dudaron en ayudarme.

La familia del «Pregonero»

La lista de agradecimientos podría ser un post en si mismo: desde los que me ayudaron a organizarlo todo (Raymon, Jesús de «La Galería de la bicicleta», Inma y Mercedes del Camino Mozárabe de Santiago de Almería a Granada…); los que me habéis apoyado y mandado mensajes de ánimo y mucha energía (mi familia, mi Mari Cruz y su familia, mi tío Anselmo (mi gran seguidor), mis amigos cercanos, mis compañeros del Cooltural, mis compis de Asalsido y todos los que habéis seguido mis andanzas por las redes sociales…); los que han hecho un pedazo del camino conmigo (mi querido Quique, la primera noche de acampada compartida con Nacho o aquel ciclista llamado Javi con el que disfruté unos kilómetros de bici y conversación en Córdoba); los que han abierto la puerta de su casa dando posada a este humilde bicigrino (la familia de Mariche en Fiñana, Sara y Jose en Ganada, Maria y Héctor en Alcalá La Real, mis primos Midi y Encarni en Córdoba, Amarilla y Antonia en La Cumbre (Extremadura) y la familia de mi prima Yoanna en Salamanca) haciendo que me sintiera como en mi propia casa en todas las ocasiones… Sin olvidarme de todos los que me han dedicado un «¡Buen camino!» (o «¡Bo Camiño!» en gallego), los que me han respetado en la carretera o los que se han interesado por mí de una u otra manera, como, por ejemplo, la bonita entrevista que me hicieron desde La Voz de Almería durante mi viaje o el reportaje de Almeria Is Different a mi llegada. A todos ellos, un enorme y sincero GRACIAS. Han estado muy presentes en mis oraciones a Santiago en la misa del peregrino.

Por supuesto, este viaje confirma mi creencia de que siempre debemos «viajar ligero», no solo para hacer más liviano el peso de las alforjas, que también es importante (sobre todo en las subidas), si no para poder vivir más con menos. La vida es movimiento y el peso de nuestra «mochila» nunca debería limitar o frenar nuestro avance. No necesitamos tantas cosas para ser felices. Una puesta de sol, un arco iris, un cielo estrellado, alcanzar una cima con vistas, la paz de un estanque en mitad de la nada, dormir escuchando la berrea de los ciervos o un camino del verde más intenso te llenan el alma de una alegría que ninguna serie de Netflix o producto de Amazon podrá jamás igualar.

Un lugar perfecto para pasar la noche

Estos días, sin salir de España, he vivido momentos alucinantes: he pasado con mi bici entre manadas de toros, me he encontrado con ciervos, zorros, tortugas… he dormido bajo un cielo de estrellas en mitad de la dehesa extremeña, he comido los higos más dulces del mundo y me he «duchado» en los ríos a base de «cubazos»… ¡Con lo friolero que soy yo! Además, he pasado por ciudades maravillosas como Guadix, Granada, Córdoba, Mérida, Cáceres, Salamanca, Zamora, Puebla de Sanabria u Ourense, y por muchos pueblos con encanto.

Cómo último, quizá uno de los aprendizajes más importantes y que debo seguir «trabajando» es el de no agobiarme por el futuro: «¿Encontraré un buen lugar donde dormir? ¿Donde comer? ¿Seré capaz de pedalear contra la lluvia y el viento?» Todas estas dudas han llenado mi mente de pensamientos, casi siempre negativos… Pero he ido descubriendo que el viaje siempre tenía una bonita sorpresa preparada para mí. Cuando llegaba a «ese lugar», sabía que era ahí donde quería dormir, que es ahí donde iba a comer o que la decisión que tomé tras mucho dudar fue la correcta. Siempre lo es. No pierdas el tiempo pensando en que tendrías que haber hecho esto o aquello… Sin esa elección que tomaste, no habría ocurrido nada de todo lo bueno que llegó después. Nunca lo olvides, Juan.

Bueno, si has llegado hasta aquí leyendo, gracias. O eres un buen amigo, o de verdad estás muy interesado en hacer un viaje en bicicleta. Si eres del segundo grupo, espero que mi experiencia te sirva de inspiración. Como consejo, nunca te alegres demasiado con una bajada, luego tocará una subida igual o peor… Ya hablando en serio, sería para mí un orgullo ayudar, aunque solo sea a una persona, a perder el miedo y lanzarse a cumplir su sueño, sea viajar en bicicleta o no tenga absolutamente nada que ver. Aquí me tenéis si puedo ayudaros en algo o resolver alguna de las miles de dudas que nos surgen antes de lanzarnos a hacer algo así. Pero, como bien dice mi amigo Raymon, «Un viaje en bicicleta es una revolución para la mente y una fiesta para el corazón».

Espero que nuestros caminos se encuentren un día. Hasta entonces, feliz viaje.

11 Comentarios

  1. Adela

    Me ha emocionado mucho tus palabras ,ya sabes que en el fondo siempre te apoyo.
    Sigue así te quiero mucho mucho. Y como decía tu Abu más que la trucha al techo…

  2. María

    Me consideré fan de ti desde el minuto uno que te conocí. Y lo voy a seguir haciendo siempre, en cada una de tus aventuras. Sigue descubriendo mundo y haciendo que lo descubramos contigo por muuuucho mucho tiempo.

  3. Rosario Domenech Castillo

    Nunca una narrativa tan bien expuesta y relatada me había emocionado y atrapado tanto….pues yo no soy de leer mucho, pero es que este relato a medida que lo leía, pareciera que lo iba viviendo como tú dices, a golpe de pedal….
    Enhorabuena 👍 por ser así.!!

  4. Angelines

    Querido Juan, ( para mi el hermano de mi rubia), siempre es una gran emoción leerte y seguirte en todo lo q compartes, pues haces con tus palabras y fotos,q vivamos el camino y la vida contigo…Gracias por ser como eres…un beso…Angelines

  5. Jose

    ¡Enhorabuena Juan!Nunca dudé que conseguirías tu meta pues no hay objetivo que se te resista. Sabes que siempre te he admirado, por muchos motivos, pero especialmente por tu positivismo, perseverancia y acitud ante la vida. Con este último viaje a Santiago en bicicleta (que plasmas a la perfección por escrito) me has dado un nuevo motivo para seguir admirándote. ..como siempre te digo, ¡eres un fenómeno y todo un ejemplo a seguir!

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